la muesca
Las marcas invisibles son las únicas que nunca cicatrizan
Apoya el vaso de tubo sobre la encimera de granito, con cuidado de no despertar al silencio. No hay sed, solo el hábito de sostener algo que no se escape. La costumbre de poder sostener como primer gesto del día algo más que sueños y ganas. Con la uña del pulgar, repasa una pequeña muesca en el borde del cristal, un defecto de fábrica que se siente como una lija contra la piel. Casi roto pero perfectamente funcional. La herida de lo inerte a primera hora de la mañana.
Abre el grifo. El agua corre tibia, turbia al principio, golpeando el acero del fregadero con un sonido metálico y constante. Cubre el ruido del reloj de cocina despertando el tiempo que ya se escapa. Se mira las manos: están secas, con las líneas de las palmas demasiado marcadas por el frío de tantos inclementes inviernos. Bebe un sorbo corto, dejando que el líquido resbale por la comisura de los labios, pero no se molesta en secarse. Desayuno de Lexatin y Prozac.
Se queda ahí, de pie frente a la ventana, escuchando el motor de un coche que no arranca en la calle de atrás. Ajusta el cuello de su camisa, aprieta el botón superior hasta que siente la presión en la garganta y vuelve a pasar la uña por la muesca del vaso. Una y otra vez. Ya no sabe donde empieza la cicatriz del vaso y empieza su propia grieta. Y no le importa. El trago siempre es áspero. Enfrente de la ventana mira sin ver exactamente el mismo paisaje que ayer.


“Ya no sabe donde empieza la cicatriz del vaso y empieza su propia grieta. Y no le importa. El trago siempre es áspero”
No sé qué dedo cortarme, cada frase es una bomba de relojería de resonancias poéticas . Enhorabuena
lo que se toca es un cable a tierra, lo jodido es lo que atraviesa y no tiene muesca pero sí filo. Me encanta lo que escribes.